Cuando Maragogi se convierte en el “Caribe brasileño”, quien pierde es Brasil

 El turismo tiene un poder inmenso: puede revelar identidades o borrarlas. Llamar a Maragogi “el Caribe brasileño” parece un elogio, pero en realidad es una máscara. Un atajo de marketing que reduce un territorio con historia, cultura y raíces a una postal de aguas turquesa.

Ese mismo recurso lo vi en Menorca, donde algunas playas son promocionadas como “el Caribe español”. Una joya mediterránea, con siglos de cultura y memoria, reducida a una comparación fácil. Lo que se presenta como halago es, en realidad, desposesión simbólica: identidades locales convertidas en copias de otra cosa.

El resultado es paradójico. El rótulo trae visitantes, pero también alimenta un modelo de turismo de atajo: resorts desconectados de la comunidad, presión sobre ecosistemas, masificación a golpe de hashtags. Dentro de los complejos hoteleros, abundancia; fuera de ellos, carencia de infraestructuras y oportunidades reales.

El Caribe es bello, sí, pero también homogéneo, predecible. Le falta el olor del coco rallado, el manglar vivo, la fiesta popular. Compararlo con Maragogi o Menorca es encajar lo singular en moldes prefabricados.

Las palabras importan. No necesitamos un Caribe en todas partes. Necesitamos Maragogi, Menorca, Brasil, Mediterráneo… en su autenticidad. Narrativas propias, orgullosas, capaces de sostener futuro.

Viajar es también un acto político: reforzar copias o celebrar lo que es único. En Pontal da Enseada te invitamos a experimentar la autenticidad de la Ruta Ecológica de los Milagros — un refugio donde cada detalle respira pertenencia.




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